Otros han llegado a la conclusión de que, dado que de la deriva y la incoherencia sí surgen propósitos firmes, debe de haber algún artificio misterioso en funcionamiento por encima de los habitantes de una nación. Invocan un alma colectiva, una mente nacional, un espíritu de la época que impone orden sobre la opinión aleatoria. Parece necesario un superalma, pues las emociones y las ideas de los miembros de un grupo no revelan nada tan simple y tan cristalino como la fórmula que esos mismos individuos aceptarán como una declaración verdadera de su Opinión Pública.
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Pero los hechos pueden, en mi opinión, explicarse de manera más convincente sin la ayuda del superalma bajo ninguno de sus disfraces. Después de todo, el arte de inducir a todo tipo de personas que piensan de manera diferente a votar de la misma manera se practica en todas las campañas políticas.
En 1916, por ejemplo, el candidato republicano tuvo que sacar votos republicanos de entre muchos tipos diferentes de republicanos. Analicemos el primer discurso del Sr. Hughes tras aceptar la nominación.
[Footnote: Pronunciado en el Carnegie Hall, Ciudad de Nueva York, el 31 de julio de 1916.]
El contexto sigue estando lo suficientemente claro en nuestras mentes como para obviarnos muchas explicaciones; sin embargo, los temas ya no son conflictivos. El candidato era un hombre de una franqueza inusual, que llevaba varios años fuera de la política y no estaba comprometido personalmente con las cuestiones del pasado reciente. Carecía, por otra parte, de esa magia que poseen los líderes populares como Roosevelt, Wilson o Lloyd George, de ese don histriónico con el que tales hombres encarnan los sentimientos de sus seguidores. De ese aspecto de la política se hallaba distante tanto por temperamento como por formación.