para mí perverso, ajeno, peligroso.
¿Cómo voy a explicarlo?
Siempre hay que buscar una explicación para el adversario, y la última explicación que se nos ocurre jamás es que él percibe un conjunto diferente de hechos. Evitamos tal explicación porque socava los cimientos mismos de nuestra propia seguridad de que hemos visto la vida con constancia y la hemos visto por entero.
Solo cuando tenemos el hábito de reconocer nuestras opiniones como una experiencia parcial vista a través de nuestros estereotipos nos volvemos verdaderamente tolerantes hacia un adversario. Sin ese hábito, creemos en el absolutismo de nuestra propia visión y, por consiguiente, en el carácter traicionero de toda oposición.
Pues si bien los hombres están dispuestos a admitir que hay dos caras en una «cuestión», no creen que haya dos caras en lo que consideran un «hecho». Y nunca llegan a creerlo hasta que, tras una larga educación crítica, son plenamente conscientes de cuán indirecta y subjetiva es su aprehensión de sus datos sociales.
Así, donde dos facciones ven vívidamente cada una su propio aspecto, y urden sus propias explicaciones de lo que ven, es casi imposible que se atribuyan mutuamente honestidad.
Si el patrón se ajusta a su experiencia en un momento crucial, ya no lo ven como una interpretación. Lo ven como «la realidad». Puede que no se parezca a la realidad, salvo en que culmina en una conclusión que se ajusta a una experiencia real.
Puedo representar mi viaje de Nueva York a Boston mediante una línea recta en un mapa, del mismo modo que un hombre puede considerar su triunfo como el final de un camino recto y estrecho. La carretera por la