# EL MUNDO EXTERIOR Y LAS IMÁGENES EN NUESTRAS CABEZAS
Hay una isla en el océano donde en 1914 vivían unos cuantos ingleses, franceses y alemanes. Ningún cable submarino llega a esa isla, y el vapor correo británico solo viene una vez cada sesenta días. En septiembre todavía no había llegado, y los isleños seguían hablando del periódico más reciente que informaba sobre el inminente juicio a Madame Caillaux por el asesinato de Gaston Calmette.
Por consiguiente, fue con más entusiasmo que el habitual que toda la colonia se congregó en el muelle un día de mediados de septiembre para escuchar del capitán cuál había sido el veredicto. Se enteraron de que durante más de seis semanas los que de entre ellos eran ingleses y los que eran franceses habían estado luchando en defensa de la santidad de los tratados contra los que de entre ellos eran alemanes. Durante seis extrañas semanas habían actuado como si fueran amigos, cuando en realidad eran enemigos.
Pero su situación no era muy distinta de la de la mayor parte de la población de Europa. Ellos se habían equivocado durante seis semanas; en el continente, el intervalo pudo haber sido de solo seis días o seis horas.
Hubo un intervalo. Hubo un momento en que la imagen de Europa sobre la cual los hombres realizaban sus asuntos habituales no se correspondía en absoluto con la Europa que estaba a punto de hacer añicos sus vidas. Hubo