agencias de los derechos del hombre, la elección tiene que regirse, en gran medida, por la voluntad de creer.
La tarea de desinflar estas controversias, y reducirlas a un punto en el que puedan ser reportadas como noticias, no es una tarea que el reportero pueda realizar.
Es posible y necesario que los periodistas hagan comprender a la gente el carácter incierto de la verdad en la que se fundan sus opiniones, y que mediante la crítica y la agitación aiguen a la ciencia social para que elabore formulaciones más útiles de los hechos sociales, y acucien a los estadistas a establecer instituciones más visibles.
La prensa, en otras palabras, puede luchar por la extensión de la verdad reportable. Pero tal como está organizada hoy la verdad social, la prensa no está constituida para proporcionar de una edición a la siguiente la cantidad de conocimiento que la teoría democrática de la opinión pública exige.
Esto no se debe al Brass Check, como demuestra la calidad de las noticias en los periódicos radicales, sino al hecho de que la prensa se ocupa de una sociedad en la que las fuerzas gobernantes están registradas de manera tan imperfecta.
La teoría de que la prensa puede registrar por sí misma esas fuerzas es falsa. Por lo general, solo puede registrar aquello que las instituciones le han registrado mediante su funcionamiento. Todo lo demás es argumento y opinión, y fluctúa con las vicisitudes, la autoconciencia y el valor de la mente humana.
Si la prensa no es tan universalmente malvada, ni tan profundamente conspiradora, como el señor Sinclair quiere hacernos creer, es mucho más frágil de lo que la teoría democrática ha admitido hasta ahora.