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CAPÍTULO X. LA DETECCIÓN DE ESTEREOTIPOS

recorrer, sigo sabiendo muy poco hasta que sé qué barcos están en servicio, cuándo operan, cuán rápido van, si puedo conseguir camarote y pagarlo.

En la vida práctica, el espacio es una cuestión de transporte disponible, y no de planos geométricos, como sabía el viejo magnate ferroviario cuando amenazó con hacer crecer hierba en las calles de una ciudad que lo había ofendido.

Si voy en coche y pregunto a qué distancia está mi destino, maldigo como a un completo imbécil al hombre que me dice que está a tres millas y no menciona un desvío de seis millas. De nada sirve que me digan que está a tres millas si se va andando. Tanto da que me digan que está a una milla en línea recta. Yo no vuelo como un cuervo, y tampoco voy andando. Debo saber que son nueve millas para un automóvil, y también, si se da el caso, que seis de ellas son baches y charcos. Considero un incordio al peatón que me dice que son tres millas y pienso mal del aviador que me dijo que era una milla. Ambos están hablando del espacio que ellos tienen que cubrir, no del espacio que yo debo cubrir.

En el trazo de las líneas fronterizas han surgido complicaciones absurdas debido a la incapacidad de concebir la geografía práctica de una región. Bajo alguna fórmula general como la autodeterminación, los estadistas han trazado en diversas ocasiones líneas en los mapas que, al ser inspeccionadas sobre el terreno, atravesaban el centro de una fábrica, el medio de la calle de un pueblo, diagonalmente la nave de una iglesia, o quedaban entre la cocina y el dormitorio de la choza de un campesino.

Ha habido fronteras en un país ganadero que separaban los pastos del agua, los pastos del mercado, y en un país industrial, los extremos de las líneas del ferrocarril del ferrocarril.

En el mapa étnico de colores, la línea era étnicamente justa, es decir, justa en el mundo de aquel mapa étnico.

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