Viven en surcos, están encerrados en sus propios asuntos, excluidos de los asuntos mayores, conocen a poca gente que no sea de su propia ralea y leen poco.
Los viajes y el comercio, la correspondencia, el telégrafo y la radio, los ferrocarriles, las carreteras, los barcos, los automóviles y, en la próxima generación, los aviones, ejercen, por supuesto, la máxima influencia en la circulación de las ideas.
Cada uno de estos factores afecta la oferta y la calidad de la información y de la opinión de la manera más compleja. Cada uno se ve afectado a su vez por condiciones técnicas, económicas y políticas. Cada vez que un gobierno aligera los trámites de pasaportes o la inspección aduanera, cada vez que se abre un nuevo ferrocarril o un nuevo puerto, se establece una nueva línea naviera, cada vez que las tarifas suben o bajan, el correo se mueve más rápido o más lentamente, los cables son censurados o dejan de serlo y se abaratan, se construyen, ensanchan o mejoran las carreteras, la circulación de ideas se ve influenciada.
Los aranceles y los subsidios afectan la dirección de la empresa comercial y, por tanto, la naturaleza de los contratos humanos. Y así puede suceder muy bien, como ocurrió por ejemplo en el caso de Salem, Massachusetts, que un cambio en el arte de la construcción naval reduzca a toda una ciudad, de ser un centro donde confluyen influencias internacionales, a una apacible villa provinciana.
No todos los efectos inmediatos de un transporte más rápido son necesariamente buenos. Sería difícil afirmar, por ejemplo, que el sistema ferroviario de Francia, tan altamente centralizado en París, haya sido una bendición absoluta para el pueblo francés.
Es indudablemente cierto que los problemas derivados de los medios de comunicación son de la máxima importancia, y uno de los aspectos más constructivos del programa de la Sociedad de Naciones ha sido el estudio