Pero la teoría antigua se veía obligada a suponer, no solo que los hombres podían prestar poca atención a las cuestiones públicas, de que la atención disponible tendría que limitarse a los asuntos cercanos. Habría sido ilusorio suponer que llegaría un tiempo en que los acontecimientos lejanos y complicados pudieran concebiblemente ser informados, analizados y presentados de tal forma que un aficionado pudiera tomar una decisión verdaderamente valiosa.
Ese momento está a la vista. Ya no cabe duda de que la transmisión continua de un entorno invisible es factible. A menudo se hace mal, pero el hecho de que se haga en absoluto demuestra que puede hacerse, y el hecho de que empecemos a saber cuán mal se hace a menudo, demuestra que puede hacerse mejor.
Con mayor o menor habilidad y honradez, ingenieros y contables informan todos los días de complejidades lejanas a los hombres de negocios, secretarios y funcionarios a los altos cargos, agentes de inteligencia al Estado Mayor, algunos periodistas a algunos lectores. Estos son comienzos rudos pero radicales, mucho más radicales en el sentido literal de esa palabra que la repetición de guerras, revoluciones, abdicaciones y restauraciones; tan radicales como el cambio en la escala de la vida humana que ha hecho posible que el señor Lloyd George discuta sobre la minería del carbón en Gales después de desayunar en Londres, y sobre el destino de los árabes antes de cenar en París.
Pues la posibilidad de someter cualquier aspecto de los asuntos humanos al ámbito del juicio rompe el hechizo que ha pesando sobre las ideas políticas.
Ha habido, por supuesto, una gran cantidad de hombres que no se dieron cuenta de que el ámbito de la atención era la premisa principal de la ciencia política. Han construido sobre la arena. Han demostrado en sus propias personas los efectos de un conocimiento del mundo muy limitado y egocéntrico.