elemento determinante en el pensamiento, el sentimiento y la acción. Pues si la conexión entre la realidad y la respuesta humana fuera directa e inmediata, en lugar de indirecta e inferida, la indecision y el fracaso serían desconocidos, y (si cada uno de nosotros encajara en el mundo tan cómodamente como el niño en el vientre materno), el señor Bernard Shaw no habría podido decir que, salvo durante los primeros nueve meses de su existencia, ningún ser humano administra sus asuntos tan bien como una planta.
La principal dificultad al adaptar el esquema psicoanalítico al pensamiento político surge en este punto. Los freudianos se preocupan por la inadaptación de individuos concretos a otros individuos y a circunstancias concretas. Han asumido que, si los desórdenes internos pudieran resolverse, habría poca o ninguna confusión acerca de cuál es la relación obviamente normal.
Pero la opinión pública se ocupa de hechos indirectos, invisibles y desconcertantes, y no hay nada evidente en ellos. Las situaciones a las que se refieren las opiniones públicas solo se conocen como opiniones. El psicoanalista, por otro lado, casi siempre asume que el entorno es conocible, y si no conocible, al menos soportable, para cualquier inteligencia despejada. Esta suposición suya es el problema de la opinión pública.
En lugar de dar por sentado un entorno que se conoce fácilmente, al analista social le preocupa sobre todo estudiar cómo se concibe el entorno político más amplio, y cómo puede concebirse con más éxito. El psicoanalista examina la adaptación a una X, denominada por él el entorno; el analista social examina la X, denominada por él el pseudoentorno.
Él está, por supuesto, permanente y constantemente en deuda con la nueva psicología, no solo porque, al ser aplicada correctamente, ayuda