Existe, sin embargo, una noble falsificación en esa caridad que proviene del autoconocimiento y de la creencia indiscutible de que ninguno de los miembros de nuestra especie gregaria está solo en su anhelo de un mundo más amigable. Son tantas las muecas que los hombres se dedican unos a otros acompañadas por un revuelo en el pulso, que no todas ellas son importantes. Y donde tanto es incierto, donde tantas acciones tienen que llevarse a cabo basándose en conjeturas, la demanda sobre las reservas de la mera decencia es enorme, y es necesario vivir como si la buena voluntad funcionara. No podemos demostrar en cada caso que lo hará, ni por qué el odio, la intolerancia, la sospecha, el fanatismo, el secreto, el miedo y la mentira son los siete pecados capitales contra la opinión pública. Solo podemos insistir en que no tienen cabida en el llamamiento a la razón, que a la larga son un veneno; y adoptando nuestra postura a partir de una visión del mundo que perdura más allá de nuestros propios apuros y de nuestras propias vidas, podemos abrigar hacia ellos un firme prejuicio.
Podemos hacerlo tanto mejor cuanto no permitamos que el espanto y el fanatismo nos impresionen tan profundamente como para levantar las manos con petulancia y perder el interés en el largo plazo del tiempo por haber perdido la fe en el futuro del hombre.
No hay motivos para esta desesperación, porque todos los siempre sobre los que, como decía James, pende nuestro destino, siguen siendo tan fecundos como siempre lo han sido.
Lo que hemos visto de brutalidad, lo hemos visto, y como era extraño, no fue concluyente. Fue solo Berlín, Moscú, Versalles de 1914 a 1919, no el Armagedón, como retóricamente dijimos.
Cuanto más realistamente han encarado los hombres la brutalidad y la histeria, más se han ganado el derecho a afirmar que no es necio que los hombres crean, porque haya tenido lugar otra gran guerra, que la