Porque andar removiendo con claras definiciones y declaraciones sinceras sirve a todos los elevados propósitos conocidos por el hombre, excepto a la fácil conservación de una voluntad común. Andar removiendo, como sospecha todo líder responsable, tiende a romper la transferencia de emoción de la mente individual al símbolo institucional. Y el primer resultado de eso es, como él bien dice, un caos de individualismo y sectas en guerra. La desintegración de un símbolo, como la Santa Rusia, o el férreo Díaz, es siempre el comienzo de una larga agitación.
Estos grandes símbolos poseen por transferencia todas las lealtades minuciosas y detalladas de una sociedad antigua y estereotipada. Evocan el sentimiento que cada individuo tiene por el paisaje, los muebles, los rostros, los recuerdos que son su primera, y en una sociedad estática, su única realidad.
Ese núcleo de imágenes y devociones sin el cual le resulta inconcebible su propia existencia es la nacionalidad. Los grandes símbolos recogen estas devociones y pueden avivarlas sin invocar las imágenes primitivas. Los símbolos menores del debate público, la cháchara más informal de la política, se remiten siempre a estos protosímbolos y, de ser posible, se asocian con ellos.
La cuestión de una tarifa justa en un metro municipal se simboliza como un conflicto entre el Pueblo y los Intereses, y luego el Pueblo se inserta en el símbolo estadounidense, de modo que finalmente, en el calor de una campaña, una tarifa de ocho centavos se vuelve antiestadounidense. Los padres de la Revolución murieron para evitarlo. Lincoln sufrió para que no llegara a suceder, la resistencia a aquello estaba implícita en la muerte de quienes yacen en Francia.
Debido a su poder para extraer la emoción de las ideas distintas, el símbolo es a la vez un mecanismo de solidaridad y un mecanismo de explotación. Permite a las personas trabajar por un fin común, pero