Y cuanto más competencia de este tipo, mejor.
Porque el valor de la competencia está determinado por el valor de las normas utilizadas para medirla. En lugar de preguntarnos, por tanto, si creemos en la competencia, deberíamos preguntarnos si creemos en aquello por lo que compiten los competidores.
Nadie en su sano juicio espera «abolir la competencia», pues cuando hubiera desaparecido el último vestigio de emulación, el esfuerzo social consistiría en la obediencia mecánica a una rutina, moderada en una minoría por la inspiración innata. Sin embargo, nadie espera llevar la competencia hasta su conclusión lógica en una lucha homicida de todos contra todos.
El problema consiste en seleccionar las metas de la competencia y las reglas del juego. Casi siempre, el estándar de medida más visible y obvio determinará las reglas del juego: como el dinero, el poder, la popularidad, los aplausos o el «consumo ostentoso» del señor Veblen.
¿Qué otros patrones de medida proporciona normalmente nuestra civilización? ¿Cómo mide la eficiencia, la productividad, el servicio, que tanto reclamamos?
Por lo general no hay medidas y no hay, por tanto, tanta competencia para alcanzar estos ideales. Pues la diferencia entre los motivos superiores y los inferiores no es, como los hombres suelen afirmar, una diferencia entre altruismo y egoísmo. [Footnote: Cf. Cap. XII] Es una diferencia entre actuar por fines fáciles de entender, y por fines oscuros y vagos. Exhortad a un hombre a obtener más beneficios que su prójimo, y sabrá a qué apuntar. Exhortadlo a prestar un mayor servicio social, ¿y cómo puede estar seguro de qué servicio es social? ¿Cuál es la prueba, cuál es la