Fuera del margen bastante estrecho de nuestra propia atención posible, el control social depende de concebir normas de vida y métodos de fiscalización con los que se miden los actos de los funcionarios públicos y los directores industriales.
No podemos nosotros mismos inspirar o guiar todos estos actos, como el demócrata místico siempre ha imaginado. Pero podemos incrementar constantemente nuestro control real sobre estos actos insistiendo en que todos ellos sean claramente registrados, y sus resultados medidos objetivamente.
Tal vez deba decir que podemos esperar progresivamente insistir. Pues la elaboración de tales normas y de tales auditorías apenas ha comenzado.