Si eso es verdad, entonces, al elaborar el principio de la inteligencia, los hombres encontrarán el modo de superar la dificultad central del autogobierno, la dificultad de lidiar con una realidad invisible.
Debido a esa dificultad, le ha sido imposible a cualquier comunidad autónoma conciliar su necesidad de aislamiento con la necesidad de un contacto amplio, conciliar la dignidad y la individualidad de la decisión local con la seguridad y una amplia coordinación, conseguir líderes eficaces sin sacrificar la responsabilidad, tener opiniones públicas útiles sin intentar opiniones públicas universales sobre todos los temas.
Mientras no hubiera forma de establecer versiones comunes de los acontecimientos invisibles, medidas comunes para acciones separadas, la única imagen de democracia que funcionaría, incluso en teoría, era una basada en una comunidad aislada de personas cuyas facultades políticas estaban limitadas, según la famosa máxima de Aristóteles, por el alcance de su visión.
Pero ahora hay una salida, larga sin duda, pero una salida. Es fundamentalmente la misma vía que le ha permitido a un ciudadano de Chicago, con no mejores ojos ni oídos que un ateniense, ver y oír a grandes distancias. Es posible hoy, y lo será aún más cuando se le haya dedicado más trabajo, reducir las discrepancias entre el entorno concebido y el entorno efectivo. A medida que esto se haga, el federalismo funcionará cada vez más por consentimiento y cada vez menos por coerción.
Pues si bien el federalismo es el único método posible de unión entre grupos autogobernados, [Footnote: Cf. H. J. Laski, *The Foundations of