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CAPÍTULO XVII. LA COMUNIDAD AUTÓNOMA

inspirar en el pueblo hacia su gobierno». Citado por Ford, Rise and Growth of American Politics, p. 69.], se consideraba que la seguridad era una necesidad si la democracia había de funcionar. Debía haber la menor perturbación posible en la premisa de una comunidad autosuficiente. La inseguridad implica sorpresas. Significa que hay gente actuando sobre tu vida, sobre la cual no tienes control, con la cual no puedes consultar. Significa que hay fuerzas en libertad que perturban la rutina familiar y presentan problemas novedosos sobre los cuales se requieren decisiones rápidas e inusuales. Todo demócrata siente en lo más hondo que las crisis peligrosas son incompatibles con la democracia, porque sabe que la inercia de las masas es tal que, para actuar con rapidez, unos pocos deben decidir y el resto seguir de manera más bien ciega. Esto no ha hecho de los demócratas unos pacifistas entreguistas, pero ha dado como resultado que todas las guerras democráticas se libren por fines pacifistas. Aun cuando las guerras sean de hecho guerras de conquista, se cree sinceramente que son guerras en defensa de la civilización.

Estos diversos intentos de cercar una parte de la superficie terrestre no estaban inspirados por la cobardía, la apatía o, como lo llamó uno de los críticos de Jefferson, una disposición a vivir bajo una disciplina monástica.

Los demócratas habían avizorado una posibilidad deslumbrante: que todo ser humano alcanzara su máxima plenitud, liberado de las limitaciones artificiales. Con lo que sabían sobre el arte de gobernar, no podían concebir, al igual que Aristóteles antes que ellos, una sociedad de individuos autónomos, a menos que fuera una cerrada y simple. No podían, por tanto, elegir otra premisa si querían llegar a la conclusión de que todo el pueblo podía gestionar espontáneamente sus asuntos públicos.

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