En cualquier caso, sí nos encontramos confiando en ciertas personas, las cuales constituyen nuestro medio de conexión con prácticamente todo el reino de las cosas desconocidas.
Curiosamente, este hecho se considera a veces intrínsecamente indigno, como prueba de nuestra naturaleza gregaria y simiesca. Pero la completa independencia en el universo es simplemente inconcebible. Si no pudiéramos dar prácticamente todo por sentado, pasaríamos nuestras vidas en la más absoluta trivialidad.
Lo más parecido a un adulto totalmente independiente es un ermitaño, y el radio de acción de un ermitaño es muy corto. Al actuar enteramente para sí mismo, solo puede actuar dentro de un radio diminuto y con fines simples. Si tiene tiempo de pensar grandes pensamientos, podemos estar seguros de que ha aceptado sin cuestionar, antes de dedicarse a ser ermitaño, todo un repertorio de información laboriosamente adquirida sobre cómo mantenerse caliente y cómo evitar pasar hambre, y también sobre cuáles son las grandes preguntas.
En casi todos los asuntos, salvo en muy pocos y durante breves etapas de nuestras vidas, la máxima independencia que podemos ejercer es multiplicar las autoridades a las que concedemos una audiencia amistosa.
Como aficionados congénitos, nuestra búsqueda de la verdad consiste en soliviantar a los expertos y obligarles a responder a cualquier herejía que tenga el acento de la convicción.
En un debate de este tipo a menudo podemos juzgar quién ha obtenido la victoria dialéctica, pero nos encontramos prácticamente indefensos ante una premisa falsa que ninguno de los contendientes ha cuestionado, o un aspecto olvidado que ninguno de ellos ha aportado al argumento.
Veremos más adelante cómo la teoría democrática parte de la suposición contraria y presupone, a los efectos del gobierno, una provisión ilimitada de individuos autosuficientes.