capaces emprendan el «reporteo directo» con la intención de abandonarlo lo antes posible es, a mi juicio, la razón principal por la que este nunca ha desarrollado en la medida suficiente aquellas tradiciones corporativas que otorgan a una profesión prestigio y un celoso respeto por sí misma. Pues son estas tradiciones corporativas las que engendran el orgullo por el oficio, las que tienden a elevar los estándares de admisión, castigan las infracciones del código y dan a los hombres la fuerza para exigir su estatus en la sociedad.
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Sin embargo, todo esto no va a la raíz del asunto. Pues si bien la economía del periodismo es tal que deprime el valor de la cobertura informativa, estoy seguro de que es un falso determinismo el que abandonaría el análisis en ese punto. El poder intrínseco del reportero parece ser tan grande, el número de hombres muy capaces que pasan por el reportaje es tan amplio, que debe de haber alguna razón más profunda por la cual, comparativamente hablando, se ha dedicado tan poco esfuerzo serio a elevar la vocación al nivel, digamos, de la medicina, la ingeniería o el derecho.
El Sr. Upton Sinclair representa el sentir de una gran parte de la opinión pública en América, [Nota al pie: El Sr. Hilaire Belloc hace prácticamente el mismo análisis para los periódicos ingleses. Véase The Free Press.] cuando afirma que en lo que él llama «El cheque de bronce» ha encontrado esta razón más profunda:
"The Brass Check is found in your pay envelope every week—you who write and print and distribute our newspapers and magazines. The Brass check is the price of your shame—you who take the fair body of truth and sell it in the market place, who betray the virgin hopes of mankind into the loathsome brothel of Big Business." [Footnote: Upton Sinclair, The Brass Check. A Study of American Journalism. p. 116.]