No me refiero a las facultades de periodismo, ya que son escuelas de formación profesional destinadas a preparar a hombres y mujeres para una carrera. Me refiero a la ciencia política tal como se expone a los futuros empresarios, abogados, funcionarios públicos y ciudadanos en general. En esa ciencia, el estudio de la prensa y de las fuentes de información popular no encontraba lugar. Es un hecho curioso.
Para cualquiera que no esté sumergido en los intereses rutinarios de la ciencia política, resulta casi inexplicable que ningún estudiante estadounidense de gobierno, ningún sociólogo estadounidense, haya escrito jamás un libro sobre la recopilación de noticias. Hay referencias ocasionales a la prensa, y declaraciones de que no es, o de que debería ser, "libre" y "veraz". Pero casi no encuentro nada más.
Y este desdén de los profesionales encuentra su contrapartida en la opinión pública. Universalmente se admite que la prensa es el principal medio de contacto con el entorno invisible. Y prácticamente en todas partes se asume que la prensa debe hacer espontáneamente por nosotros lo que la democracia primitiva imaginaba que cada uno de nosotros podía hacer espontáneamente por sí mismo, que todos los días y dos veces al día nos presentará una imagen veraz de todo el mundo exterior que nos interesa.
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Esta insistente y ancestral creencia de que la verdad no se gana, sino que se inspira, se revela, se suministra gratis, se manifiesta con muchísima claridad en nuestros prejuicios económicos como lectores de periódicos.
Esperamos que el periódico nos sirva la verdad por muy poco rentable que la verdad pueda ser. Por este servicio difícil y a menudo peligroso, que reconocemos como fundamental, esperábamos pagar hasta hace poco la moneda más pequeña acuñada por la casa de moneda.