Si las condiciones comparativamente simples de un laboratorio pueden nivelar la discriminación con tanta facilidad, ¿cuál no será el efecto de la vida en la ciudad?
En el laboratorio la fatiga es lo suficientemente leve, la distracción bastante trivial. Ambas se equilibran con mesura mediante el interés y la autoconciencia del sujeto.
Y si el tic-tac de un metrónomo deprime la inteligencia, ¿qué hacen ocho o doce horas de ruido, olor y calor en una fábrica, o día tras día entre máquinas de escribir parlanchinas, timbres de teléfono y puertas que dan portazos, con los juicios políticos formados a partir de periódicos leídos en tranvías y metros?
¿Se puede oír en el bullicio algo que no chille, o verse en el resplandor general algo que no destelle como un letrero luminoso?
La vida del habitante de la ciudad carece de soledad, silencio, desahogo. Las noches son ruidosas y están incendiadas. La gente de una gran ciudad es asaltada por un sonido incesante, ya sea violento y áspero, o bien cayendo en ritmos inconclusos, pero interminable e implacable.
Bajo el industrialismo moderno, el pensamiento se desenvuelve en un baño de ruido. Si sus discernimientos son a menudo planos y necios, aquí radica al menos una pequeña parte de la razón.
El pueblo soberano determina la vida, la muerte y la felicidad en condiciones en las que tanto la experiencia como el experimento demuestran que el pensamiento es de lo más difícil.
"La intolerable carga del pensamiento" es una carga cuando las condiciones la hacen gravosa. No es ninguna carga cuando las condiciones son favorables. Pensar es tan estimulante como bailar, y igual de natural.