Temía al comercio exterior porque el comercio implica conexiones extranjeras; desconfiaba de las manufacturas porque producían grandes ciudades y reunía multitudes; si a pesar de todo necesitaba tener manufacturas, quería protección en aras de la autosuficiencia. Cuando no pudo encontrar estas condiciones en el mundo real, se adentró apasionadamente en la espesura y fundó comunidades utópicas lejos de todo contacto extranjero.
Sus eslóganes revelan su prejuicio. Está a favor del Autogobierno, la Autodeterminación, la Independencia. Ninguna de estas ideas conlleva noción alguna de consentimiento o comunidad más allá de las fronteras de los grupos autogobernados. El campo de la acción democrática es un área circunscrita. Dentro de fronteras protegidas, el objetivo ha sido lograr la autosuficiencia y evitar enredos. Esta regla no se limita a la política exterior, sino que se hace patente en ella, debido a que la vida fuera de las fronteras nacionales es más claramente ajena que cualquier vida dentro de ellas.
Y como la historia demuestra, las democracias en su política exterior han tenido por lo general que elegir entre un espléndido aislamiento y una diplomacia que violaba sus ideales. Las democracias más exitosas, de hecho, Suiza, Dinamarca, Australia, Nueva Zelanda y América hasta hace poco, no han tenido política exterior en el sentido europeo de esa expresión. Incluso una regla como la Doctrina Monroe surgió del deseo de complementar los dos océanos con un glacis de estados que fueran lo suficientemente republicanos como para no tener política exterior.
Por cuanto el peligro es una gran condición, tal vez indispensable, de la autocracia, [Nota a pie de página: Fisher Ames, asustado por la revolución democrática de 1800, le escribió a Rufus King en 1802: «Necesitamos, como todas las naciones, la compresión en el exterior de nuestro círculo de un vecino formidable, cuya presencia excite en todo momento temores más fuertes que los que los demagogos pueden