Todo el mundo parecía encontrar algo que le gustaba y recalcar este aspecto y aquel detalle. Pero nadie se arriesgó a una discusión.
Las frases, tan cargadas de los conflictos subyacentes del mundo civilizado, fueron aceptadas. Representaban ideas opuestas, pero evocaban una emoción común. Y hasta cierto punto desempeñaron un papel en la movilización de los pueblos occidentales para los desesperados diez meses de guerra que aún les quedaban por soportar.
Mientras los Catorce Puntos trataban sobre ese futuro brumoso y feliz en el que la agonía habría de terminar, los verdaderos conflictos de interpretación no se hicieron patentes. Eran planes para el arreglo de un entorno totalmente invisible y, dado que estos planes inspiraban a todos los grupos, cada uno con su propia esperanza particular, todas las esperanzas convergieron en una esperanza pública. Pues la armonización, como vimos en el discurso del señor Hughes, es una jerarquía de símbolos. A medida que se asciende en la jerarquía para incluir a más y más facciones, es posible que durante un tiempo se preserve la conexión emocional, aunque se pierda la intelectual. Pero incluso la emoción se vuelve más tenue. Cuanto más uno se aleja de la experiencia, más alto asciende hacia la generalización o la sutileza. A medida que uno sube en el globo aerostático, arroja por la borda cada vez más objetos concretos, y cuando se llega a la cima con alguna frase como los Derechos de la Humanidad o el Mundo Seguro para la Democracia, se ve a lo largo y a lo ancho, pero se ve muy poco.
Sin embargo, las personas cuyas emociones son arrastradas no permanecen pasivas. A medida que el atractivo público se vuelve cada vez más del agrado de todos, a medida que la emoción se agita mientras el significado se disipa, a sus significados más privados se les otorga una aplicación universal. Lo que sea que desees fervientemente pasa a ser los Derechos de la Humanidad. Pues la frase, cada vez más vacía, capaz de significar casi cualquier cosa, pronto llega a significar prácticamente todo.