Todo hombre cuyo oficio es pensar sabe que debe crear en torno a sí un estanque de silencio durante una parte del día.
Pero en ese barullo al que halagamos con el nombre de civilización, el ciudadano desempeña el peligroso oficio de gobernar bajo las peores condiciones posibles. Un débil reconocimiento de esta verdad inspira el movimiento en favor de una jornada laboral más breve, de vacaciones más largas, de luz, aire, orden, sol y dignidad en las fábricas y oficinas.
Pero si se ha de mejorar la calidad intelectual de nuestra vida, eso es apenas el mero principio.
Mientras tantos trabajos sean una rutina interminable y, para el trabajador, carente de sentido, una especie de automatismo que utiliza un solo grupo de músculos en un patrón monótono, toda su vida tenderá hacia un automatismo en el que nada se distingue particularmente de ninguna otra cosa a menos que se anuncie con un trueno.
Mientras esté