con bastante éxito de la mentalidad bélica imperante. Descartaban la monserga de estar a favor y en contra, de tener nacionalidades favoritas y aversiones predilectas, y peroratas inconclusas en el pecho. Le dejaban eso a los jefes políticos.
Pero en una embajada estadounidense oí una vez a un embajador decir que nunca informaba a Washington de nada que no pudiera alegrar a la gente de su país. Embelesó a todos los que lo conocieron, ayudó a muchos trabajadores de guerra varados y era magnífico cuando inauguraba un monumento.
Él no comprendía que el poder del experto depende de separarse de quienes toman las decisiones, de que no le importe, en su faceta de experto, qué decisión se tome. El hombre que, como el embajador, adopta una postura y se entromete en la decisión, pronto pierde valor. Ahí está, uno más en ese lado de la cuestión.
Porque cuando empieza a importarle demasiado, empieza a ver lo que desea ver, y por ese mismo hecho deja de ver lo que está ahí para ver. Está ahí para representar lo invisible. Representa a personas que no son votantes, funciones de los votantes que no son evidentes, acontecimientos que están fuera de la vista, personas mudas, personas no nacidas, relaciones entre las cosas y las personas.
Tiene una clientela de intangibles. Y los intangibles no pueden utilizarse para formar una mayoría política, porque el voto es, en último análisis, una prueba de fuerza, una batalla sublimada, y el experto no representa ninguna fuerza disponible para lo inmediato.
Pero puede ejercer fuerza alterando la alineación de las fuerzas. Al hacer visible lo invisible, confronta a las personas que ejercen fuerza material con un nuevo entorno, pone en marcha ideas y sentimientos en ellas, las descoloca y, por lo tanto, de la manera más profunda, influye en la decisión.