Aranceles, astilleros navales, guarniciones militares, ríos y puertos, oficinas de correos y edificios federales, pensiones y clientelismo: todo esto se reparte entre comunidades cóncavas como prueba tangible de los beneficios de la vida nacional. Al ser cóncavas, pueden ver el edificio de mármol blanco que se levanta con fondos federales para incrementar el valor de los bienes raíces locales y dar empleo a los contratistas locales con mucha más facilidad de lo que pueden juzgar el costo acumulado del barril de cerdo.
Es justo decir que en una gran asamblea de hombres, cada uno de los cuales tiene conocimientos prácticos únicamente de su propio distrito, las leyes que tratan sobre asuntos supralocales son rechazadas o aceptadas por la masa de congresistas sin participación creativa de ningún tipo. Solo participan en la elaboración de aquellas leyes que pueden ser tratadas como un conjunto de cuestiones locales.
Porque una legislatura sin medios eficaces de información y análisis debe oscilar entre una regularidad ciega, moderada por una insurgencia ocasional, y el intercambio de favores políticos. Y es este intercambio de favores lo que hace que la regularidad sea aceptable, porque es mediante dicho intercambio como un congresista demuestra a sus votantes más activos que vela por sus intereses tal como ellos los conciben.
Esto no es culpa del congresista individual, salvo cuando se muestra complaciente al respecto.
El representante más astuto y trabajador no puede aspirar a comprender una fracción de los proyectos de ley sobre los que vota. Lo mejor que puede hacer es especializarse en unos pocos proyectos y fiarse de la palabra de alguien en cuanto al resto.
He conocido a congresistas que, cuando se empollaban un tema, estudiaban como no lo habían hecho desde que aprobaron sus exámenes finales, a base de muchas tazas grandes de café negro, toallas húmedas y