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Códigos y sus enemigos

# CÓDIGOS Y SUS ENEMIGOS

CUALQUIERA que haya estado de pie al final de un andén de ferrocarril esperando a un amigo, recordará qué personas extrañas confundió con él. La forma de un sombrero, un andar ligeramente característico, evocaban la imagen vívida en el ojo de su mente.

En el sueño un tintineo puede sonar como el tañido de una gran campana; el golpe distante de un martillo como un trueno. Pues nuestras constelaciones de imágenes vibrarán ante un estímulo que tal vez sea tan solo vagamente similar a algún aspecto de ellas.

Pueden, en estado de alucinación, inundar toda la conciencia. Pueden intervenir muy poco en la percepción, aunque me inclino a pensar que tal experiencia es extremadamente rara y muy sofisticada, como cuando miramos fijamente una palabra u objeto familiar y este deja gradualmente de ser familiar.

Ciertamente, en su mayor parte, la forma en que vemos las cosas es una combinación de lo que hay allí y de lo que esperábamos encontrar. Los cielos no son los mismos para un astrónomo que para una pareja de enamorados; una página de Kant iniciará un tren de pensamientos diferente en un kantiano y en un empirista radical; la belleza tahitiana le parece una persona más atractiva a su pretendiente tahitiano que a los lectores del National Geographic Magazine.

La experiencia en cualquier materia es, de hecho, una multiplicación del número de aspectos que estamos preparados para descubrir, más el hábito de descontar nuestras expectativas.

Donde para el ignorante todas las cosas parecen iguales, y la vida es tan solo una cosa tras otra, para el especialista las cosas son sumamente individuales.

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