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Sin alguna forma de censura, la propaganda en el estricto sentido de la palabra es imposible. Para llevar a cabo propaganda debe haber alguna barrera entre el público y el acontecimiento. El acceso al entorno real debe limitarse antes de que cualquiera pueda crear un pseudoentorno que considere prudente o deseable.
Porque si bien las personas que tienen acceso directo pueden concebir mal lo que ven, nadie más puede decidir cómo han de concebirlo mal, a menos que pueda decidir adónde deben mirar y a qué. La censura militar es la forma más simple de barrera, pero ni mucho menos la más importante, porque se sabe que existe y, por tanto, en cierta medida se acepta y se descarta.
En distintos momentos y para diferentes temas, unos hombres imponen y otros aceptan una norma particular de secreto.
La frontera entre lo que se oculta porque su publicación no es, como solemos decir, «compatible con el interés público» se desvanece gradualmente hacia lo que se oculta porque se considera que no es asunto del público.
La noción de lo que constituye los asuntos privados de una persona es elástica.
Así, la fortuna de una persona se considera un asunto privado, y la ley del impuesto sobre la renta toma medidas minuciosas para mantenerla lo más privada posible. La venta de un terreno no es privada, pero el precio puede serlo. Los sueldos suelen considerarse más privados que los salarios, y los ingresos, más privados que las herencias. La calificación crediticia de una persona tiene una difusión limitada.