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CAPÍTULO XXIV. NOTICIAS, VERDAD Y UNA CONCLUSIÓN

Las instituciones, al no haberse dotado de instrumentos de conocimiento, se han convertido en un cúmulo de «problemas» que la población en su conjunto, leyendo la prensa en su conjunto, se supone que debe resolver.

La prensa, en otras palabras, ha pasado a ser considerada como un órgano de democracia directa, encargado a una escala mucho mayor, y día a día, de la función que a menudo se atribuye a la iniciativa, el referéndum y la destitución.

El Tribunal de la Opinión Pública, abierto día y noche, ha de dictar sentencia sobre todo y a todas horas. No es viable. Y si se considera la naturaleza de las noticias, ni siquiera es concebible.

Pues la noticia, como hemos visto, es precisa en proporción a la precisión con la que se registra el acontecimiento. A menos que el acontecimiento sea capaz de ser nombrado, medido, dotado de forma, hecho específico, o bien no adquiere el carácter de noticia, o bien está sujeto a los accidentes y prejuicios de la observación.

Por lo tanto, en conjunto, la calidad de las noticias sobre la sociedad moderna es un índice de su organización social. Cuanto mejores son las instituciones, más formalmente están representados todos los intereses implicados, más se desentrañan los asuntos, más criterios objetivos se introducen, con mayor perfección puede presentarse un asunto como noticia.

En su mejor expresión, la prensa es sirvienta y guardiana de las instituciones; en su peor expresión, es un medio por el cual unos pocos explotan la desorganización social para sus propios fines. En la medida en que las instituciones no funcionan, el periodista sin escrúpulos puede pescar en río revuelto, y el concienzudo debe jugársela con incertidumbres.

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