En su fuero interno, el científico social comparte este concepto de sí mismo. Posee poca seguridad íntima acerca de su propia obra. Solo cree en ella a medias y, como no está seguro de nada, no halla motivo apremiante alguno para insistir en su propia libertad de pensamiento. ¿Qué puede reclamar en favor de ella, ante los desvelos de su propia conciencia? [Footnote: Cf. Charles E. Merriam, The Present State of the Study of Politics, American Political Science Review, Vol. XV. No. 2, May, 1921.] Sus datos son inciertos y carece de medios de verificación. Sus más excelentes cualidades son una fuente de frustración. Pues si es verdaderamente crítico y está imbuido del espíritu científico, no puede ser doctrinario ni marchar al Armagedón contra el consejo de administración, los estudiantes, la Federación Cívica y la prensa conservadora en pro de una teoría de la que no está seguro. Si vas a marchar al Armagedón, tienes que batallar por el Señor, pero el politólogo siempre alberga ciertas dudas de que el Señor lo haya llamado.
Por consiguiente, si gran parte de las ciencias sociales es apologética en lugar de constructiva, la explicación radica en las oportunidades de las ciencias sociales, no en el «capitalismo». Los científicos físicos lograron su libertad respecto al clericalismo elaborando un método que produjo conclusiones de un tipo que no podían ser suprimidas ni ignoradas. Se convencieron a sí mismos, adquirieron dignidad y sabían por qué estaban luchando.
El científico social adquirirá su dignidad y su fuerza cuando haya elaborado su método. Lo hará convirtiendo en oportunidad la necesidad que tienen los hombres directores de la Gran Sociedad de contar con instrumentos de análisis mediante los cuales lo invisible se vuelva inteligible.