vincularse más rápidamente a un interés nacional. Estos eran la alta burguesía, los acreedores públicos, los fabricantes, navieros y comerciantes, [Nota a pie de página: Beard, Economic Interpretation of the Constitution, passim.] y probablemente no exista en la historia mejor ejemplo de la adaptación de medios astutos a fines claros que en la serie de medidas fiscales mediante las cuales Hamilton vinculó a los notables provinciales con el nuevo gobierno.
Aunque la convención constitucional trabajó a puerta cerrada, y aunque la ratificación fue tramitada mediante «un voto de probablemente no más de un sexto de los varones adultos», [Nota a pie de página: Beard, op. cit., p. 325,] hubo poca o ninguna simulación.
Los federalistas abogaban por la unión, no por la democracia, y hasta la palabra república le sonaba desagradable a George Washington cuando ya llevaba más de dos años siendo un presidente republicano.
La constitución fue un intento sincero de limitar la esfera del gobierno popular; el único órgano democrático que se pretendía que poseyera el gobierno era la Cámara [de Representantes], basada en un sufragio muy limitado por requisitos de propiedad. Y aun así, se creía que la Cámara sería una parte del gobierno tan licenciosa que fue cuidadosamente controlada y contrarrestada por el Senado, el colegio electoral, el veto presidencial y la interpretación judicial.
Así, en el momento en que la Revolución Francesa encendía el sentimiento popular en todo el mundo, los revolucionarios estadounidenses de 1776 adoptaron una constitución que tomaba como modelo, en la medida de lo prudente, a la monarquía británica.
Esta reacción conservadora no podía durar. Los hombres que la habían gestado eran una minoría, sus motivos eran sospechosos, y cuando Washington se retiró, la posición de la alta burguesía no era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a la inevitable lucha por la