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CAPÍTULO X. LA DETECCIÓN DE ESTEREOTIPOS

Pero ¿a quién consideraremos la posteridad? ¿A nuestros nietos? ¿A nuestros bisnietos? Quizá decidamos calcular a cien años vista, creyendo que ese tiempo será más que suficiente para el descubrimiento de combustibles alternativos si la necesidad se plantea con claridad de inmediato. Las cifras son, por supuesto, hipotéticas. Pero al calcular de ese modo estaremos empleando la razón que nos queda. Estaremos otorgando al tiempo social su lugar en la opinión pública.

Imagínese ahora un caso algo diferente: un contrato entre una ciudad y una empresa de tranvías. La empresa dice que no invertirá su capital a menos que se le conceda el monopolio de la vía principal durante noventa y nueve años. En la mente de los hombres que hacen esa demanda, noventa y nueve años es tanto como decir «para siempre». Pero supongamos que hay motivos para pensar que los tranvías de superficie, propulsados desde una central eléctrica sobre raíles, van a pasar de moda en veinte años. Entonces es un contrato de lo más imprudente, pues virtualmente se está condenando a una generación futura a un transporte inferior.

Al celebrar un contrato de este tipo, los funcionarios municipales carecen de una conciencia real de lo que significan noventa y nueve años. Es mucho mejor otorgarle a la empresa un subsidio ahora para atraer capital que estimular la inversión dándose al vicio de un sentido falaz de la eternidad. Ningún funcionario municipal y ningún alto cargo de la empresa tiene noción del tiempo real cuando habla de noventa y nueve años.

La historia popular es un coto privado de caza para las confusiones temporales. Para el inglés medio, por ejemplo, el comportamiento de Cromwell, la corrupción del Acta de Unión y la Hambruna de 1847 son

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