Pero ciertamente hay una cuestión aún más trascendental, la cuestión de cómo validar nuestras versiones privadas de la escena política. Existe, como intentaré indicar más adelante, la perspectiva de una mejora radical mediante el desarrollo de principios que ya están en funcionamiento. Pero este desarrollo dependerá de qué tan bien aprendamos a usar el conocimiento sobre la forma en que se arman las opiniones para vigilar nuestras propias opiniones mientras se están armando.
Porque la opinión informal, al ser producto de un contacto parcial, de la tradición y de intereses personales, no puede por la naturaleza de las cosas aceptar de buen grado un método de pensamiento político que se base en el registro exacto, la medición, el análisis y la comparación. Precisamente aquellas cualidades de la mente que determinan lo que parecerá interesante, importante, familiar, personal y dramático, son las cualidades que, en primer lugar, la opinión realista frustra.
Por tanto, a menos que exista en el conjunto de la comunidad la creciente convicción de que el prejuicio y la intuición no bastan, la elaboración de una opinión realista —lo que requiere tiempo, dinero, trabajo, esfuerzo consciente, paciencia y ecuanimidad— no hallará suficiente apoyo. Dicha convicción crece a medida que aumenta la autocrítica, y nos hace conscientes de la charlatanería, despectivos hacia nosotros mismos cuando la empleamos y alerta para detectarla.
Sin un hábito arraigado de analizar las opiniones cuando leemos, hablamos y decidimos, la mayoría de nosotros difícilmente sospecharía la necesidad de mejores ideas, ni se interesaría en ellas cuando aparecen, ni sería capaz de evitar que la nueva técnica de la inteligencia política sea manipulada.
Sin embargo, las democracias, a juzgar por la más antigua y poderosa de ellas, han hecho un misterio de la opinión pública.
Ha habido hábiles organizadores de la opinión que entendieron el misterio lo suficientemente bien como para crear mayorías el día de las