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CAPÍTULO XXVII. EL APELATIVO AL PÚBLICO

Las percepciones recuperan su identidad, y la emoción que suscitan es específica, ya que deja de estar reforzada por grandes y fortuitas conexiones con todo, desde la Navidad hasta Moscú.

La idea desenredada y con nombre propio, y una emoción que ha sido escrutada, están mucho más abiertas a ser corregidas por nuevos datos en el problema.

Había estado incrustada en toda la personalidad, tenía afiliaciones de algún tipo con todo el ego: un desafío repercutiría en toda el alma. Después de haber sido criticada a fondo, la idea ya no es yo sino eso.

Se le objetiva, se le mantiene a distancia. Su destino no está ligado a mi destino, sino al destino del mundo exterior sobre el que estoy actuando.

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La reeducación de este tipo ayudará a poner nuestras opiniones públicas en contacto con el entorno. Esa es la manera en que se puede liquidar el enorme aparato de censura, estereotipia y dramatización. Donde no hay dificultad en saber cuál es el entorno pertinente, el crítico, el maestro, el médico, pueden desenmarañar la mente. Pero donde el entorno es tan oscuro para el analista como para su alumno, ninguna técnica analítica es suficiente. Se requiere trabajo de inteligencia. En los problemas políticos e industriales el crítico como tal puede hacer algo, pero a menos que pueda contar con recibir de reporteros expertos una imagen válida del entorno, su dialéctica no podrá llegar muy lejos.

Por lo tanto, aunque aquí, como en la mayoría de los demás asuntos, la «educación» es el remedio supremo, el valor de esta educación dependerá de la evolución del conocimiento.

Y nuestro conocimiento de las instituciones humanas sigue siendo extraordinariamente exiguo e impresionista. La recopilación de

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