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CAPÍTULO XXI. EL PÚBLICO COMPRADOR

Nos hemos acostumbrado ya a pagar dos e incluso tres centavos los días de semana, y los domingos, por una enciclopedia ilustrada y un espectáculo de vodevil adjunto, nos hemos armado de valor para pagar una moneda de cinco centavos o incluso de diez.

A nadie se le ocurre ni por un momento que deba pagar por su periódico. Espera que las fuentes de la verdad broten, pero no contrae ningún compromiso, legal o moral, que suponga para él riesgo, coste o molestia alguno.

Pagará un precio nominal cuando le convenga, dejará de pagar cuando le convenga, recurrirá a otro periódico cuando eso le convenga. Alguien ha dicho con mucho acierto que el director de un periódico tiene que ser reelegido todos los días.

Esta relación informal y unilateral entre los lectores y la prensa es una anomalía de nuestra civilización. No hay nada más que se le parezca del todo y, por lo tanto, es difícil comparar la prensa con cualquier otro negocio o institución.

No es un negocio puro y simple, en parte porque el producto se vende habitualmente por debajo del coste, pero sobre todo porque la comunidad aplica una medida ética a la prensa y otra al comercio o la manufactura. Éticamente, un periódico es juzgado como si fuera una iglesia o una escuela.

Pero si tratas de compararlo con estos fracasas; el contribuyente paga la escuela pública, la escuela privada está dotada o se sostiene mediante matrículas, hay subsidios y colectas para la iglesia. No puedes comparar el periodismo con el derecho, la medicina o la ingeniería, pues en cada una de estas profesiones el consumidor paga por el servicio.

Una prensa libre, a juzgar por la actitud de los lectores, significa periódicos que prácticamente se regalan.

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