Por ejemplo, supongamos que John Smith se convierte en corredor de bolsa. Durante diez años lleva una vida tranquila y apacible y, salvo para sus clientes y sus amigos, nadie piensa en él. Para los periódicos es como si no existiera. Pero en el undécimo año sufre grandes pérdidas y, por fin, agotados todos sus recursos, llama a su abogado y dispone la realización de una cesión de bienes. El abogado corre a la oficina del secretario del condado, y un empleado de allí hace los asientos necesarios en el registro oficial. Aquí entran en juego los periódicos. Mientras el empleado redacta el obituario comercial de Smith, un reportero echa un vistazo por encima de su hombro y pocos minutos después los reporteros conocen los problemas de Smith y están tan bien informados sobre su situación comercial como lo habrían estado de haber mantenido a un reportero en su puerta todos los días durante más de diez años. [Footnote: Op. cit., p. 57.]
Cuando el señor Given dice que los periódicos conocen «los problemas de Smith» y «su situación comercial», no quiere decir que los conozcan como los conoce Smith, o como los conocería el señor Arnold Bennett si hubiera hecho de Smith el protagonista de una novela en tres volúmenes. Los periódicos solo conocen «en pocos minutos» los hechos escuetos que constan en la Oficina del Secretario del Condado. Ese acto manifiesto «destapa» la noticia sobre Smith. Si se le dará seguimiento a la noticia o no es otra cuestión.
El caso es que antes de que una serie de acontecimientos se conviertan en noticia, por lo general tienen que hacerse notar mediante algún acto más o menos manifiesto. Por lo general también, mediante un acto burdamente manifiesto. Es posible que los amigos de Smith supieran desde hacía años que corría riesgos, tal vez incluso hubieran llegado rumores al redactor financiero si los amigos de Smith hubieran sido habladores. Pero aparte de que nada de esto podía publicarse por ser difamatorio, no hay en estos rumores nada definitivo en lo que colgar una historia.