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CAPÍTULO XVI. EL HOMBRE EGOCÉNTRICO

Lo que los poseía no era si John Smith tenía opiniones sensatas sobre alguna cuestión pública, sino que John Smith, vástago de una estirpe que siempre había sido considerada inferior, no doblaría ahora la rodilla ante ningún otro hombre. Fue este espectáculo el que hizo que fuera una dicha "en aquel amanecer estar vivo".

Pero todo analista parece degradar esa dignidad, negar que todos los hombres sean razonables todo el tiempo, o estén educados, o informados, notar que la gente es engañada, que no siempre conoce sus propios intereses y que no todos los hombres están igualmente capacitados para gobernar.

Los críticos eran tan bienvenidos como un niño pequeño con un tambor. Cada una de estas observaciones sobre la falibilidad del hombre estaba siendo explotada ad nauseam.

De haber admitido los demócratas que había algo de verdad en cualquiera de los argumentos aristocráticos, habrían abierto una brecha en las defensas. Y así, tal como Aristóteles tuvo que insistir en que el esclavo lo era por naturaleza, los demócratas tuvieron que insistir en que el hombre libre era legislador y administrador por naturaleza.

No podían detenerse a explicar que un alma humana podía no poseer aún, o de hecho no poseer jamás, este equipo técnico, y que, sin embargo, tenía el derecho inalienable de no ser utilizada como instrumento involuntario de otros hombres. La gente superior era todavía demasiado fuerte y demasiado inescrupulosa como para haberse abstenido de sacar partido de una declaración tan candorosa.

Así pues, los primeros demócratas insistían en que una rectitud razonada brotaba espontáneamente del grueso de los hombres. Todos ellos esperaban que así fuera, muchos creían que así era, aunque los más astutos, como Thomas Jefferson, albergaban toda clase de reservas privadas.

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