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CAPÍTULO XVI. EL HOMBRE EGOCÉNTRICO

elecciones. Pero estos organizadores han sido considerados por la ciencia política como sujetos de baja estofa o como «problemas», no como poseedores del conocimiento más eficaz que existía sobre cómo crear y manejar la opinión pública.

La tendencia de las personas que han expresado las ideas de la democracia, incluso cuando no han dirigido su acción, la tendencia de los estudiantes, oradores y editores, ha sido considerar la Opinión Pública como los hombres de otras sociedades consideraban las fuerzas misteriosas a las que atribuían la última palabra en el rumbo de los acontecimientos.

Pues en casi toda teoría política hay un elemento inescrutable que, en la época de esplendor de dicha teoría, pasa desapercibido. Detrás de las apariencias hay un Hado, hay Espíritus Protectores o Mandatos a un Pueblo Elegido, una Monarquía Divina, un Virrey del Cielo o una Clase de los Bien Nacidos.

Los ángeles, demonios y reyes más obvios han desaparecido del pensamiento democrático, pero la necesidad de creer que existen poderes de guía en reserva persiste. Persistió para aquellos pensadores del siglo XVIII que diseñaron la matriz de la democracia.

Tenían un dios pálido, pero corazones cálidos, y en la doctrina de la soberanía popular hallaron la respuesta a su necesidad de un origen infalible para el nuevo orden social. Ahí estaba el misterio, y solo los enemigos del pueblo lo tocaban con manos profanas y curiosas.

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No quitaron el velo porque eran políticos prácticos en una lucha amarga e incierta. Ellos mismos habían sentido la aspiración de la democracia, que es muchísimo más profunda, íntima y importante que cualquier teoría de gobierno. Estaban empeñados, frente al prejuicio de los siglos, en la afirmación de la dignidad humana.

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