fue proporcionada por la revolución mecánica.
"Los hombres que habían nacido a principios de siglo habían visto, antes de cumplir los treinta años, el rápido desarrollo de la navegación a vapor, la iluminación de las ciudades y las casas por medio de gas, la inauguración del primer ferrocarril."
En la conciencia del cabeza de familia medio, milagros como estos conformaban el patrón de su fe en la perfectibilidad del género humano.
Tennyson, que era en cuestiones filosóficas una persona bastante normal, nos cuenta que cuando viajó en el primer tren de Liverpool a Manchester (1830) pensó que las ruedas corrían por surcos. Después escribió este verso:
"Que el gran mundo ruede por siempre jamás por los sonoros surcos del cambio." [Footnote: 2 Tennyson, Memoir by his Son, Vol. I, p. 195. Citado por Bury, op. cit., p. 326.]