todo lo demás. Tenían que rebuscar información, sudar la gota gorda para organizar y verificar datos que, en cualquier gobierno conscientemente organizado, deberían haber estado fácilmente disponibles en un formato adecuado para la toma de decisiones.
Y aun cuando conocían realmente un tema, sus ansiedades no hacían más que empezar. Pues allá en su tierra los editores, la junta de comercio, la unión central federada y los clubes de mujeres se habían ahorrado estas labores, y estaban dispuestos a juzgar la actuación del congresista a través de anteojos locales.
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Lo que el clientelismo hizo para vincular a los jefes políticos con el gobierno nacional, lo hace la infinita variedad de subsidios y privilegios locales para las comunidades ensimismadas. El clientelismo y el peculado (pork) amalgaman y estabilizan miles de opiniones especiales, descontentos locales y ambiciones privadas.
No hay más que otras dos alternativas. La primera es el gobierno por el terror y la obediencia, la segunda es un gobierno basado en un sistema tan altamente desarrollado de información, análisis y autoconciencia que «el conocimiento de las circunstancias nacionales y las razones de Estado» resulte evidente para todos los hombres.
El sistema autocrático está en decadencia, el sistema voluntario se encuentra en su fase de desarrollo más temprana; y así, al calcular las perspectivas de asociación entre grandes grupos de personas, una Sociedad de Naciones, un gobierno industrial o una unión federal de estados, el grado en que existe la materia para una conciencia común determina hasta qué punto la cooperación dependerá de la fuerza, o de la alternativa más suave a la fuerza, que es el patrocinio y el privilegio. El secreto de los grandes constructores de estados, como Alexander Hamilton, es que saben cómo calcular estos principios.