marxistas, ¿en qué depositan toda su esperanza? ¿En qué si no en la formación, mediante la propaganda, de un grupo consciente de su clase? Pero ¿qué es la propaganda, sino el esfuerzo por alterar la imagen a la que los hombres responden, por sustituir un modelo social por otro? ¿Qué es la conciencia de clase, sino una forma de concebir el mundo? ¿La conciencia nacional, sino otra forma? ¿Y la «conciencia de especie» del profesor Giddings, sino un proceso para creer que reconocemos entre la multitud a ciertos individuos señalados como de los nuestros?
Intente explicar la vida social como la búsqueda del placer y la evitación del dolor. Pronto dirá que el hedonista comete petición de principio, pues, aun suponiendo que el hombre persiga estos fines, el problema crucial de por qué cree que un curso de acción —más que otro— es probable que produzca placer queda intacto.
¿Explica algo la guía de la conciencia del hombre? ¿Cómo ocurre entonces que tiene precisamente la conciencia particular que tiene?
¿La teoría del interés económico propio? ¿Pero cómo llegan los hombres a concebir su interés de una manera más bien que de otra?
¿El deseo de seguridad, o de prestigio, o de dominación, o de lo que vagamente se llama autorrealización? ¿Cómo conciben los hombres su seguridad, qué consideran prestigio, cómo calculan los medios de dominación, o cuál es la noción de sí mismos que desean realizar?
Placer, dolor, conciencia, adquisición, protección, perfeccionamiento, dominio, son sin duda nombres para algunas de las formas en que las personas actúan. Puede haber disposiciones instintivas que obren en pro de tales fines. Pero ninguna formulación del fin, ni ninguna descripción de las tendencias a buscarlo, puede explicar la conducta que de ello resulta.
El simple hecho de que los hombres alcancen a teorizar es prueba de que sus pseudoentornos, sus representaciones interiores del mundo, son un