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CAPÍTULO XXVII. EL APELATIVO AL PÚBLICO

Porque las cuestiones, tal como las enuncia un partidario, consisten casi siempre en una serie intrincada de hechos, tal como él los ha observado, rodeados por una gran masa adiposa de frases estereotipadas cargadas de su emoción.

Siguiendo la moda del día, saldrá de la sala de conferencias insistiendo en que lo que quiere es alguna idea reconfortante como la Justicia, el Bienestar, el americanismo, el socialismo.

En tales asuntos, a veces se puede incitar al ciudadano de a pie al miedo o a la admiración, pero jamás al juicio. Antes de que pueda hacer algo con el argumento, hay que quitarle la grasa a base de hervirlo.

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Eso puede hacerse haciendo que el representante que está dentro mantenga la discusión en presencia de alguien, presidente o mediador, que obligue a que la discusión trate sobre los análisis aportados por los expertos.

Esta es la organización esencial de cualquier órgano representativo que deba ocuparse de asuntos lejanos. Las voces partidistas deben estar presentes, pero los partidarios deben encontrarse con hombres, no involucrados personalmente, que dominen suficientes datos y posean la habilidad dialéctica para separar la percepción real del estereotipo, el patrón y la elaboración.

Es el diálogo socrático, con toda la energía de Sócrates para traspasar las palabras en busca de significados, y algo más que eso, porque la dialéctica en la vida moderna debe ser llevada a cabo por hombres que han explorado el entorno tanto como la mente humana.

Existe, por ejemplo, una grave disputa en la industria del acero. Cada bando emite un manifiesto lleno de los más altos ideales. La única

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