sabe lo que él sabe, y el piloto, fascinado por las estrellas y los vientos, no sabe cómo hacer que la tripulación comprenda la importancia de lo que él sabe.
No hay tiempo durante un motín en el mar para hacer de cada marinero un juez experto de expertos. No hay tiempo para que el piloto consulte a su tripulación y averigüe si es realmente tan sabio como cree que es. Porque la educación es cuestión de años, la emergencia, cuestión de horas.
Resultaría totalmente académico, pues, decirle al piloto que el verdadero remedio es, por ejemplo, una educación que dote a los marineros de un mejor sentido de la evidencia. Eso solo se le puede decir a los capitanes en tierra firme. En plena crisis, el único consejo es usar un revólver, o pronunciar un discurso, lanzar una consigna conmovedora, ofrecer un compromiso, emplear cualquier medio rápido disponible para sofocar el motín, siendo el sentido de la evidencia el que es.