exigen movilizar la combatividad. [Footnote: Cf. Frances Taylor Patterson, Cinema Craftsmanship, págs. 31-32. «III. Si a la trama le falta suspense: 1. Añádase un antagonista, 2. Añádase un obstáculo, 3. Añádase un problema, 4. Enfatícese una de las cuestiones en la mente del espectador...»]
Pero donde no se alista la combatividad, a aquellos de nosotros que no estamos directamente implicados nos resulta difícil mantener nuestro interés.
Para quienes participan, la absorción puede ser lo suficientemente real como para retenerlos incluso cuando no hay nada en juego. Pueden sentirse aiguijoneados por el puro placer de la actividad, o por una sutil rivalidad o invención.
Pero para aquellos para quienes todo el problema es externo y lejano, estas otras facultades no entran en juego con facilidad. Para que la débil imagen del asunto signifique algo para ellos, se les debe permitir ejercitar el amor por la lucha, la intriga y la victoria.
Miss Patterson [Footnote: Op. cit., págs. 6-7.] insiste en que el «suspenso… constituye la diferencia entre las obras maestras del Metropolitan Museum of Art y las películas de los cines Rivoli o Rialto». Si hubiera dejado claro que a las obras maestras les falta ya sea un modo fácil de identificación o un tema popular para esta generación, tendría toda la razón al afirmar que esto «explica por qué la gente entra rezagada al Metropolitan de dos en dos o de tres en tres y se agolpa en el Rialto y el Rivoli por cientos. Los dos o tres contemplan un cuadro en el Museo de Arte durante menos de diez minutos, a no ser que por casualidad sean estudiantes de arte, críticos o connoisseurs. Los cientos en el Rivoli o el Rialto contemplan la imagen durante más de una hora. En lo que respecta a la belleza, no puede haber comparación entre los méritos de ambas imágenes. Sin embargo, la película atrae a más gente y la