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Códigos y sus enemigos

  • Lo ajeno será rechazado,
  • lo diferente caerá sobre ojos ciegos.

No vemos aquello que nuestros ojos no están acostumbrados a tomar en cuenta. A veces conscientemente, más a menudo sin saberlo, nos impresionan aquellos hechos que encajan en nuestra filosofía.

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Esta filosofía es una serie de imágenes más o menos organizada para describir el mundo invisible. Pero no solo para descrebirlo. Para juzgarlo también. Y, por lo tanto, los estereotipos están cargados de preferencias, impregnados de afecto o aversión, unidos a temores, deseos intensos, fuertes anhelos, orgullo, esperanza.

Todo lo que invoca el estereotipo se juzga con el sentimiento correspondiente. Salvo cuando suspendemos deliberadamente los prejuicios, no estudiamos a un hombre para juzgarlo malo. Vemos a un hombre malo. Vemos una mañana de rocío, una doncella ruborizada, un sacerdote santificado, un inglés sin sentido del humor, un rojo peligroso, un bohemio despreocupado, un hindú perezoso, un oriental astuto, un eslavo soñador, un irlandés voluble, un judío codicioso, un estadounidense cien por cien.

En el mundo cotidiano, ese es a menudo el verdadero juicio, mucho antes de las pruebas, y contiene en su seno la conclusión que es casi seguro que las pruebas confirmen. Ni la justicia, ni la misericordia, ni la verdad entran en tal juicio, pues el juicio se ha adelantado a las pruebas.

Sin embargo, un pueblo sin prejuicios, un pueblo con una visión totalmente neutral, es tan impensable en cualquier civilización sobre la cual sea útil reflexionar, que ningún plan de educación podría basarse en ese ideal. Los prejuicios pueden detectarse, descontarse y refinarse, pero mientras los hombres finitos deban condensar en una breve

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