No puede decirse realmente que sufran de censura o secretismo, ni del alto costo o la dificultad de comunicación. Sufren de anemia, de falta de apetito y curiosidad por el panorama humano.
El problema de ellos no es de acceso al mundo exterior. Mundos de interés aguardan a que los exploren, y ellos no entran.
Se mueven, como si llevaran una correa, dentro de un radio fijo de conocidos según la ley y el evangelio de su círculo social.
Entre los hombres, el círculo de conversación en los negocios, en el club y en el vagón de fumadores es más amplio que el grupo al que pertenecen.
Entre las mujeres, el grupo social y el círculo de conversación son con frecuencia casi idénticos.
Es en el círculo social donde las ideas derivadas de la lectura, de las conferencias y del círculo de conversación convergen, se seleccionan, se aceptan, se rechazan, se juzgan y se sancionan.
Ahí se decide finalmente en cada fase de una discusión qué autoridades y qué fuentes de información son admisibles y cuáles no.
Nuestro círculo social está compuesto por quienes figuran como la gente en la frase «la gente anda diciendo»; son las personas cuya aprobación nos importa de manera más íntima.
En las grandes ciudades, entre hombres y mujeres de amplios intereses y con los medios para desplazarse, el círculo social no está tan rígidamente definido.
Pero aun en las grandes ciudades hay barrios y nidos de aldeas que contienen núcleos sociales autosuficientes.