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CAPÍTULO X. LA DETECCIÓN DE ESTEREOTIPOS

«anglosajones» y los franceses por el otro, era una diferencia eterna. Siempre habían sido razas opuestas.

Sin embargo, hace una generación, los historiadores, como Freeman, enfatizaban el origen teutónico común de los pueblos de Europa occidental, y los etnólogos ciertamente insistirían en que los alemanes, los ingleses y la mayor parte de los franceses son ramas de lo que en su día fue un tronco común.

La regla general es:

  • si hoy te cae bien un pueblo, bajas por las ramas hasta el tronco;
  • si te cae mal, insistes en que las distintas ramas son troncos separados.

En un caso fijas tu atención en el periodo antes de que fueran distinguibles; en el otro, en el periodo posterior a cuando se volvieron distintos. Y la perspectiva que se ajusta al estado de ánimo se toma como la «verdad».

Una variante amable es el árbol genealógico. Por lo general, una pareja es designada como los antepasados originales; de ser posible, una pareja asociada a un acontecimiento honorífico como la conquista normanda. Esa pareja no tiene antepasados. No son descendientes.

Sin embargo, eran descendientes de antecesores, y la expresión de que fulano de tal fue el fundador de su casa no significa que sea el Adán de su familia, sino que es el antecesor particular a partir del cual conviene empezar, o tal vez el antecesor más antiguo del que se tiene registro.

Pero las tablas genealógicas exhiben un prejuicio más profundo. A menos que la línea femenina resulte ser de una estirpe excepcionalmente notable, la descendencia se rastrea a través de los varones. El árbol es masculino. En diversos momentos se le añaden hembras, como abejas itinerantes que se posan sobre un manzano milenario.

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