las noticias. Esa es una parte comparativamente pequeña de todo el campo de interés humano. En este sector, y solo en este sector, las pruebas de las noticias son lo suficientemente exactas como hacer que las acusaciones de perversión o supresión sean algo más que un juicio partidista.
No hay defensa, ni atenuación, ni excusa alguna para afirmar seis veces que Lenin ha muerto, cuando la única información que posee el periódico es un informe de que ha muerto procedente de una fuente de la que se ha demostrado repetidamente que es poco fiable. La noticia, en ese caso, no es «Lenin ha muerto», sino «Helsingfors dice que Lenin ha muerto». Y a un periódico se le puede exigir que asuma la responsabilidad de no hacer que Lenin esté más muerto de lo que la fuente de la noticia es fiable; si hay un asunto sobre el cual los editores son máximamente responsables, es en su juicio sobre la fiabilidad de la fuente.
Pero cuando se trata de lidiar, por ejemplo, con historias sobre lo que el pueblo ruso quiere, no existe tal prueba.
La ausencia de estas pruebas exactas explica, a mi juicio, la naturaleza de la profesión como ninguna otra explicación lo hace. Hay un conjunto muy reducido de conocimientos exactos que no exigen una capacidad ni una formación sobresalientes para manejarlos. El resto queda a discreción del propio periodista.
Una vez que se aparta de la región donde consta fehacientemente en la oficina del secretario del condado que John Smith se ha declarado en quiebra, todos los estándares fijos desaparecen. La historia de por qué fracasó John Smith, sus debilidades humanas, el análisis de las condiciones económicas en las que zozobró, todo esto puede contarse de cien maneras diferentes.
No existe en la psicología aplicada una disciplina, como la hay en la medicina, la ingeniería o incluso el derecho, que tenga la autoridad para