asno que se hallaba a igual distancia de dos montones de heno, pereceríamos de pura indecisión entre los símbolos que compiten por nuestra atención.
He aquí, por ejemplo, las razones de su voto dadas por ciertos ciudadanos particulares a un periódico justo antes de las elecciones de 1920.
Para Harding:
"Los hombres y mujeres patriotas de hoy, que depositen sus votos por
Harding y Coolidge, serán considerados por la posteridad como firmantes de nuestra
Segunda Declaración de Independencia".
Sr. Wilmot—, inventor.
"Él se encargará de que Estados Unidos no establezca 'alianzas enredosas', y Washington como ciudad se beneficiará al cambiar el control del gobierno de los demócratas a los republicanos".
Sr. Clarence—, viajante.
Para Cox:
"El pueblo de los Estados Unidos comprende que es nuestro deber, prometido en los campos de Francia, unirnos a la Sociedad de Naciones. Debemos cargar con nuestra parte de la carga de imponer la paz en todo el mundo."
Señorita Marie—, taquígrafa.
"Perderíamos nuestro propio respeto y el de las demás naciones si nos negáramos a entrar en la Sociedad de Naciones para lograr la paz internacional".