Con algunas excepciones, el único método reconocido en la Constitución o en la teoría del gobierno representativo, mediante el cual el Congreso puede informarse, es intercambiar opiniones de los distritos. No existe una manera sistemática, adecuada y autorizada para que el Congreso sepa qué está pasando en el mundo.
La teoría es que el mejor hombre de cada distrito lleva la mejor sabiduría de sus electores a un lugar central, y que toda esta sabiduría combinada es toda la sabiduría que el Congreso necesita.
Ahora ya no es necesario cuestionar el valor de expresar las opiniones locales e intercambiarlas. El Congreso tiene un gran valor como el mercado de una nación continental. En los guardarropas, los vestíbulos de los hoteles, las pensiones de Capitol Hill, en las meriendas de las matronas del Congreso y a partir de incursiones ocasionales en los salones de la Washington cosmopolita, se abren nuevas perspectivas y horizontes más amplios.
Pero aun si la teoría se aplicara, y los distritos enviaran siempre a sus hombres más sabios, la suma o combinación de impresiones locales no constituye una base suficientemente amplia para la política nacional, y no es base alguna para el control de la política exterior.
Como los efectos reales de la mayoría de las leyes son sutiles y ocultos, no pueden comprenderse filtrando las experiencias locales a través de estados mentales locales. Solo pueden conocerse mediante informes controlados y análisis objetivos.
Y así como el director de una gran fábrica no puede saber cuán eficiente es hablando con el capataz, sino que debe examinar las hojas de costos y los datos que solo un contable puede desenterrar para él, tampoco el legislador llega a formarse una imagen verdadera del estado de la nación uniendo un mosaico de panoramas locales. Necesita conocer los panoramas locales, pero a menos que posea instrumentos para calibrarlos, un panorama es tan bueno como el siguiente, y mucho mejor.