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CAPÍTULO VI. ESTEREOTIPOS

"we are strangely affected by the clothes we wear. Garments create a mental and social atmosphere. What can be hoped for the Americanism of a man who insists on employing a London tailor? One's very food affects his Americanism. What kind of American consciousness can grow in the atmosphere of sauerkraut and Limburger cheese? Or what can you expect of the Americanism of the man whose breath always reeks of garlic?"

[Footnote: Citado por el Sr. Edward Hale Bierstadt, New Republic, 1 de junio de 1921, p. 21.]

Esta dama bien podría haber sido la matrona de un desfile al que asistió una vez un amigo mío. Se llamaba El crisol de razas y se celebró el Cuatro de Julio en una ciudad automovilística donde trabaja una gran cantidad de obreros nacidos en el extranjero.

En el centro del campo de béisbol, en la segunda base, se alzaba una enorme olla de madera y lona. Había tramos de escalones que subían hasta el borde por dos lados.

Después de que el público se hubo acomodado y la banda hubo tocado, una procesión entró por una abertura en un lado del campo. Estaba compuesta por hombres de todas las nacionalidades extranjeras empleadas en las fábricas. Vestían sus trajes típicos, cantaban sus canciones patrias; bailaban sus danzas folclóricas y llevaban las banderas de toda Europa.

El maestro de ceremonias era el director de la escuela primaria disfrazado de Tío Sam. Los guio hacia la olla. Los condujo escal arriba hasta el borde, y adentro. Los llamó para que salieran de nuevo por el otro lado. Venían, vestidos con bombines, abrigos, pantalones, chaleco, cuello duro y corbata de lunares, sin duda, decía mi amigo, cada uno con un lápiz Eversharp en el bolsillo, y todos cantando el Star-Spangled Banner.

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