físicamente aprisionado por multitudes de día y aun de noche, su atención parpadeará y se relajará. No se mantendrá firme ni definirá con claridad allí donde es víctima de toda clase de barullo, en un hogar que necesita ser ventilado de su barahúnda de tareas pesadas, niños chillones, afirmaciones jocosas, comida indigesta, mal aire y adornos sofocantes.
Ocasionalmente tal vez entramos en un edificio compuesto y espacioso; vamos a un teatro donde la tramoya moderna ha eliminado las distracciones, o nos vamos al mar, o a un lugar tranquilo, y recordamos cuán abigarrada, cuán caprichosa, cuán superflua y clamorosa es la vida urbana ordinaria de nuestro tiempo.
Aprendemos a comprender por qué nuestras mentes aturdidas captan tan poco con precisión, por qué se ven atrapadas y agitadas en una especie de tarantela por los titulares y los lemas, por qué muy a menudo no saben distinguir las cosas ni discernir la identidad en las diferencias aparentes.