Las demás relaciones de los Estados de Europa en estos diferentes períodos eran tan peculiares como sus fuerzas militares.
En conjunto, esta parte del mundo se había dividido en una multitud de pequeños Estados, en parte repúblicas en estado de disensión interna, en parte pequeñas monarquías en las que el poder del gobierno era muy limitado e inseguro.
Un Estado en cualquiera de estos casos no podía considerarse como una unidad real; era más bien una aglomeración de fuerzas débilmente conectadas. Por lo tanto, un Estado así tampoco podía considerarse un ser inteligente, que actúa de acuerdo con reglas lógicas simples.
Es desde este punto de vista como debemos contemplar la política exterior y las guerras de la Edad Media.
Pensemos tan solo en las continuas expediciones de los emperadores de Alemania a Italia durante cinco siglos, sin que de ellas resultara conquista sustancial alguna de aquel país, ni que tal cosa hubiera estado siquiera en perspectiva. Es fácil considerar esto como un error repetido una y otra vez, como un falso punto de vista que tenía su raíz en la naturaleza de los tiempos; pero es más acorde con la razón considerarlo consecuencia de un centenar de causas importantes que podemos concebir parcialmente en la mente, pero cuya energía vital nos es imposible comprender con tanta viveza como aquellos que se vieron abocados a un conflicto real con ellas.
Mientras los grandes Estados que surgieron de este caos necesitaron tiempo para consolidarse y organizarse, todo su poder y su energía se dirigieron principalmente a ese fin; sus guerras exteriores son pocas, y las que tuvieron lugar llevan el sello de una unidad estatal aún no bien cimentada.
Las guerras entre Francia e Inglaterra son las primeras que aparecen, y sin embargo en ese tiempo no se ha de considerar a Francia propiamente